PARTIDOS ARREGLADOS
Cuando juegas futbol por el puro amor de hacerlo, cuando no hay dinero de por medio, eres insobornable. ¿O será que el chavito de 5to. B que está a punto de tirar el penal que lo haga campeón del recreo falla a cambio de una Chaparrita de Piña? Cuesta trabajo creerlo.
Cambiemos ahora de jugador y de torneo. El tirador es un delantero profesional en un partido de primera división o un Mundial, da lo mismo. De su error o acierto dependen no sólo el marcador, sino millones de dólares por concepto de patrocinios y transmisiones de televisión. El incentivo para que el balón salga arriba del travesaño no será un refresco amarillo artificial sino un depósito en Suiza o las Islas Caimán, suficientemente generoso como para un retiro prematuro.
Pensar que ningún jugador aceptaría un soborno así es pecar de optimista. En todo tipo de ligas debe haber varios porteros, delanteros o equipos enteros que han canjeado marcadores por centenarios. De los árbitros ni se diga. Si hay quienes pueden afectar el resultado de un partido y escudarse bajo la imperfección humana, son los de negro. Encima son veterinarios, contadores, bomberos o administradores cuyos sueldos jamás les permitirían aspirar a una vida lujosa. La tentación, por lo tanto, se duplica.
Uno no quiere pensar mal, en serio que no. Pero cuando se destapan cloacas como la que recientemente abrió la policía alemana, la inocencia con que uno ve el deporte más lindo del mundo se va literalmente a la mierda. Y no solamente por haber desmontado una de las redes de apuestas clandestinas más grandes de Europa, ni haber detectado más de 200 partidos arreglados en el transcurso del año pasado. Lo grave, lo fatal, es que algunos de los juegos amarrados fueron en ligas supuestamente blindadas, como la Bundesliga o la Champions League europea.
Si allá se cuecen habas aquí debemos tener una olla llena de garbanzos. Ojalá ninguno salga en la liguilla que comienza este fin de semana.







