3 sept. 2013

De qué estamos hechos




Por: Marco Dávila / Editor

Sucede en casi todos los procesos mundialistas de los que tengo memoria: en algún momento de la eliminatoria la selección mexicana toca fondo, ya sea porque perdió contra El Salvador en el Cuscatlán, Costa Rica le vino a ganar al Estadio Azteca o peor aún- en tres partidos como local apenas obtuvo sendos empates, y compromete un lugar en la Copa del Mundo que según nosotros, y gracias a nuestra benigna geografía, nos pertenece a perpetuidad.

Llega entonces, a la par de las mentadas provenientes de la afición y los análisis con que la prensa intenta explicar cómo carajos caímos en ese pozo, el partido donde no hay margen de error y que de perderse nos dejará fuera de la fiesta futbolística a la que cada cuatro años estamos llamados a acudir entre los primeros de la lista.

Esta vez la prueba de fuego es contra la selección de Honduras que, con todo respeto para los catrachos, luce como un reto harto menos difícil que los que en su momento representaron los gringos, dos veces (2001 y 2009), y hasta aquel equipo amateur de Canadá contra el que el “Abuelo” Cruz dejó empeñada su rodilla (y lo que le quedaba de carrera) a cambio del gol de la victoria (1993).

Podemos anticipar, pues, que la selección mexicana volverá a salvar su clasificación al Mundial cual héroe en película de espías- un segundo antes de que una sierra gigantesca o algún otro artilugio lo parta por la mitad. La otra opción era hacerlo de acuerdo a la premisa de Ricardo Lavolpe, caminando y sin raspones. Pero por alguna razón que no hemos logrado descifrar, en cuatro de los últimos seis procesos mundialistas nuestro futbol ha elegido el camino rasposo. 

Tanto nos hemos acostumbrado a él, que todavía hay mucha gente que sale a festejar al Ángel cuando México obtiene su clasificación al Mundial. Casi tanta como la que este viernes contra Honduras y el martes contra Estados Unidos llenará bares y restaurantes en todo el país para ver si este conjunto de jugadores mexicanos, que hasta hace poco se conocía como “generación de oro”, está para algo más que el odioso “Sí se puede”.

En caso contrario la participación de México en Brasil pasará tan desapercibida como la de un extra en escena de batalla campal. Y si para llegar hasta ahí hemos de sufrir tanto como hasta ahora, sería más sano dejar que algún otro equipo de la región pase esa vergüenza.

¿Cómo andas, Jamaica?

1 comentario:

Damián García dijo...

Lo que siempre ha habido, es un cambio de cabeza que genera el cambio de actitud. Los jugadores del Tri siempre han carecido de la habilidad de lograrlo sin ayuda de un susto.

Así, no se ve que Chepo escarmiente. La alineación que proponen los medios sigue siendo su refrito de México en Sudáfrica 2013.