8 ago. 2013

Río Santa Catarina

Fragmentos del cuento "Río Santa Catarina"
Por: Daniel Salinas Basave

I -Los ríos, aunque estén secos, fueron hechos para llevar agua y algún día, tarde que temprano, agua volverán a llevar-, nos decía cada cierto tiempo Don Remigio Villatoro. Pero en esas rudas canchas de tierra resquebrajada, tan ricas en piedras filosas y polvo picante, no había siquiera una dosis de humedad cuando el verano mordía. El Sol regio caía desparramado en ese enorme río seco sobre cuyo lecho corrían cada día cientos o acaso miles de hombres persiguiendo balones prófugos entre la polvareda. A vuelo de pájaro, aquello era una gran cicatriz surcando el rostro de la ciudad, una tajada de cuchillo que partía en dos el corazón de Monterrey. De un lado, la avenida Morones Prieto y el Cerro Loma Larga, semillero de tantos buenos jugadores. Del otro, la Avenida Constitución en caos perpetuo, la Macroplaza y los grandes hoteles. En medio, el Río Santa Catarina, eternamente seco, invadido por hordas de futbolistas corriendo entre el polvo como enjambres de abejorros. 


En la tarde de un sábado o domingo cualquiera, ruedan sobre el río más de 100 balones al mismo tiempo, entre uniformes de todos los colores e infaltables descamisados. Río-hormiguero, catedral de atletas y teporochos, de puesteros de fayuca y parafernalia robada, de cazadores de chucherías y exploradores de abismos. La unidad deportiva más grande del mundo, le llama pomposamente el gobierno, con alberca olímpica y una ciclopista de más de 45 kilómetros que corre desde el puente de Santa Bárbara en San Pedro hasta la Fundidora y un mercado con más de 3 mil puestos abajo del Puente del Papa, donde es posible encontrar el estéreo que te han robado en la mañana. Hogar de miles de familias, refugio de prófugos, territorio de pandillas, altar de pasiones futboleras donde aprendí que patear un balón es una de las razones por las que la vida merece la pena ser vivida. 

 II En la vida de todo hombre hay siempre una mujer hechicera capaz de volarnos en pedazos el corazón. Sí, pudo haber habido muchas en tu existencia, pero sólo hay una que te deja un tatuaje en el alma. De igual forma, en la vida de un jugador de futbol siempre hay un equipo con el que se vive una química especial. Es algo que va más allá de leyes racionales de convivencia. De la misma forma que puede existir una mujer con la que se da una forma de comunicación y entendimiento ontológico que va más allá del lenguaje, existen equipos que funcionan como un cuerpo de once extremidades con un acoplamiento casi telepático. En la historia del futbol son más comunes los jugadores superdotados que los equipos perfectos. El auténtico futbol asociación, la responsabilidad compartida, el ritual del once para uno y uno para once, es algo por desgracia atípico. Así existió la mítica Hungría del 54, o la Naranja Mecánica del Mundial de Alemania, equipos de leyenda que paradójicamente tuvieron que conformarse con subcampeonatos, ambos ante escuadras germanas técnicamente inferiores. Ahí están el Milán de Gullit y Van Basten de 1989, el Madrid de la Quinta del Buitre y hoy en día tenemos al Barcelona de Pep Guardiola. Un gran equipo es un accidente tan atípico como el más bello arcoíris. Es una verdadera alineación de astros donde basta un factor en contra para que todo se haga pedazos. Los grandes equipos suelen durar poco, no más de dos años. No basta con juntar a once distintos jugadores, sino con juntarlos en el momento exacto y adecuado de sus vidas y sus carreras. Hacerlo un año antes o un año después puede echar todo por la borda. Un gran equipo es una conjunción de psicología, estado físico y mental. A veces, por no decir con frecuencia, los futbolistas pasan por la vida sin haber encontrado jamás ese gran equipo, como hay gente que muere sin haber encontrado jamás a su gran amor. Yo, por fortuna, encontré ambos.

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