13 ago. 2013

El gol de mi vida...

Por: Juan Martin Bencomo

En mi preparatoria se tiene la tradición de celebrar un torneo anual intramuros de fútbol rápido. Ya saben cómo es eso, la clásica rivalidad entre los de un salón contra los de otro. Era mi último semestre, y de alguna forma, el equipo de mi salón era considerado el favorito debido a que éramos los mayores de la escuela. Pero también era una condición de orgullo… y bueno, ¿Quién quiere perder contra los más chicos no?

Después de las primeras fechas del torneo, los pronósticos parecían cumplirse, un par de triunfos consecutivos y nadie dudaba que el equipo de sexto semestre estaría en las finales. Pero, a veces la soberbia cobra factura y una seguidilla de derrotas nos puso al borde de la eliminación. La impotencia y la mala puntería en los penales nos abrumaban.

Una última oportunidad era la que teníamos. Jugaríamos contra uno de los equipos de cuarto semestre (quienes además ocupaban para entonces el primer lugar). Un reto importante, pues varios de los chavos que sabían jugar fútbol de la escuela estaban en ese grupo. Para nuestra fortuna, el otro grupo de cuarto semestre (de tremendo pique con quienes serian nuestros rivales), se unió a nosotros para echarnos porras. Y ahí estaba quien se convirtió en mi mayor motivación para ese partido (lo dejaré simplemente así… Ella).

Algo mágico paso, mi mejor partido, un juego de esos que no sabes de donde sacas fuerza para seguir corriendo, donde el sudor parece no importar. Un encuentro emocionante y bien jugado, con goles bonitos, con ruido en las gradas, con conatos de bronca, con colmilladas y jugadas vistosas. Faltando quizá menos de 5 minutos, ganábamos apenas por un gol, y ellos nos estaban “apedreando el rancho” literalmente y luego… tomo un balón por la banda derecha, me abro un poquito de espacio quitándome a un par de defensas y le pego raso, colocado y entra, ¡Goooool! Y sexto semestre aseguró su pase a las finales, luego una buena racha y salimos campeones.

Más bonito que aquel gol, fue lo que representó para nuestro equipo y además, vino acompañado de un grito de un grupito de niñas del cuarto semestre que nos apoyaba: ¡ey tú! ¡Ella te saluda! Varios años más tarde, ese recuerdo me sigue arrancando una sonrisa.



1 comentario:

Eduardo Reyes M. dijo...

Ahhhhhh buen post, por que ahí en la infancia, en la cascarita, en el obtener algo mas que un simple gol o un campeonato, nace el amor al futbol!

Bien!