16 ago. 2010

DIOS APRIETA START


Todos los martes estaremos publicando un cuento de futbol. De aquí a que termine el año; a que se terminen las colaboraciones; o que me corran del trabajo por el tiempo que dedico al blog. Por lo pronto disfruten del mejor cuento argentino desde Fontanarrosa. Si no eres Gabriel Rodríguez y tienes alguno que nos quieras compartir, mándalo y lo publicamos.


Por: Leandro Custo (Buenos Aires)

—Parece que a Tomás no le quedan más de seis meses, chabón.
—¿Quién es Tomás?
—El de la setecientos uno. El calladito, flaco, alto, que está todo el día frente a la tele.
—Ahh, sí. Ya lo ubico. Qué cagada. ¿Cuántos van ya?
—Con él, catorce, pero no seamos hijos de puta. Todavía está vivo.
—Sí, es verdad, es verdad. ¿Che y el chabón sabe?
—No. Me parece que no. Ahora está mirando tele como si nada. A la vieja escuché que le dijeron.
—¿Y? Hecha mierda ¿no?
—Mal.
—¡Qué poronga todo esto, boludo!
—Sí. Es una mierda. Ya no aguanto más.
—No llores, boludo. Vos vas a estar bien.
—Tengo miedo, Nico. Toy cagado en las patas.
—Calmate, boludo.
Me cruzo de cama y lo abrazo. Tengo tanto miedo como él. Pero me aguanto las lágrimas. Tengo que estar fuerte. Para superar a esta puta enfermedad, tengo que estar fuerte. De a poco, Fran se va calmando.
(haz click en el título del post para continuar leyendo)


—Gracias, boludo. Voy a intentar dormir algo.
—Dale perejil. Te espero abajo así pelotudeamos un rato.
Me paro, me pongo un suéter porque está haciendo un poco de frío y camino hasta la puerta. Fran me pega un grito.
—Che, Nico.
—Euuu.
—Si zafamos de esta, vamos de putas. Yo invito.
Me río y voy cerrando la puerta hasta dejar la habitación en una oscuridad absoluta.
Bajo las escaleras hasta llegar al primer piso. Saludo a algunos de los chicos que están jugando a las cartas y voy a sentarme al sillón que queda vacío frente a la tele, al lado de Tomás, que está mirando un partido de la liga inglesa. El Manchester le gana uno a cero al Liverpool. No puedo creer que le queden seis meses. Ésta va a ser la primera vez que me acerque a charlar con el quía.
—¿El gol lo hizo, Carlitos?— pregunto.
—No, está en el banco.
—¿Quién lo hizo?
—Ni idea. Recién lo engancho.




Nos quedamos unos quince minutos en silencio sumergidos en la magia de esa caja negra de veintinueve pulgadas. Llega Beto, uno de los enfermeros, con un paquete envuelto en papel de regalo y un moño.
—Bueno muchachos —dice a los gritos— aunque estemos en junio, llegó Papá Noel.
Todos miramos sorprendidos y expectantes a Beto que acuesta en una mesa la caja y empieza a romper el papel. Todos, salvo Tomás que ni se inmuta. Beto saca una Playstation 2. El griterío hace que los vidrios de las ventanas tiemblen. Se escuchan aplausos, chiflidos y un canto como de cancha: Oleee, ole, ole, oleeee, Beto, Beto.
—Vamos a probarlo. Voy a escribir el nombre de todos en una bolsa y los primeros dos arrancan. ¿Tamos?
Ninguno lo escucha del todo. Estamos tan emocionados que solo tenemos oídos y ojos para cada centímetro de la angosta consola. Entre Fede y Charly la conectan. Los primeros sorteados somos Tomás y yo. Él dice que no tiene ganas de jugar y que otro saque un papelito. Yo, cuando oigo mi nombre, por acto reflejo, giro la cabeza y mi mirada se cruza con la de Beto. No sé bien cómo explicarlo, pero de alguna manera, siento que me quiere hablar con los ojos. Como diciéndome que entre los dos sabemos un secreto que nadie más sabe. Como diciéndome una jugada de ajedrez en clave para que mi rival no se entere. Sin que pase por ningún filtro de mi cabeza, también por acto reflejo, me dirijo a Tomás.
—¿Me tenés miedito?
Se lo digo exagerando el tono de la mala leche, para que juguemos y salgamos de esa realidad, él, yo, y los otros veinte pibes que estamos ahí metidos.
Primero, todos hacen “Uhhhhh”. Después, empiezan a alentarlo. Le dicen que me enseñe, que me ponga en mi lugar. Se ríe. Se sienta. Se saca el suéter como si acabara de subir a un ring. En la cara se le dibuja una sonrisa:
—Dale puto. Preparate.
Aumentan los aplausos y hay chiflidos. Siento lo que debe sentir un pibe que debuta en la primera de su club. Las hinchadas empiezan a dividirse. Están los que se inclinan por mí, por el Barsa, y los que eligen a Tomás, al Milan.
Con unos simples botones, decidimos qué van a hacer esas estrellas. Los dueños del destino de Ronaldinho, Kaká, Messi y tantos otros. Siempre me pregunté si Dios desde arriba también tiene una especie de Playstation, y va jugando con nosotros, moviéndonos por los caminos de una aventura, haciéndonos crecer, eligiendo las palabras que decimos y las que callamos, emocionándose con nuestro primer beso, tapándose los ojos cuando cogemos, envidiando nuestra pasión, sufriendo nuestras derrotas y disfrutando nuestros triunfos. Ahora más que nunca me lo pregunto. Ahora que tengo miedo de morir y miro al cielo cada tanto.
Voy a dejarlo ganar. Después de lo que me dijo Fran, tengo que dejarlo ganar. Es horrible esto de saber que alguien va a morir cuando esa persona no lo sabe. Es como jugar contra un fantasma. Siento que se me humedecen los ojos. No puedo controlarme. Me los restriego y me la banco. No tiene que darse cuenta que me estoy entregando.
Empieza el partido. A los pocos segundos, me tira un par de firuletes y la pelota pasa rozando el palo. Casi casi me estampa el primer gol. Hago que me confundo al sacar y se la doy a su nueve. No tiene muchos inconvenientes en esquivar a mi arquero y meter el primer gol del encuentro.
—¡Goollll!— gritan todos.
Tomás me clava la mirada, como diciéndome “no te hagas el boludo”.
Pasan unos minutos de juego trabado, y a los cuarenta del primer tiempo, hago que mi defensor se equivoque y no marque. Dos-cero abajo.
—¡Gol, gooool, golazo! – gritan y me imagino la saliva que sale de esas bocas a mis espaldas.
Termina el primer tiempo y Tomás se me acerca al oído.
—Jugá bien.
Sus ojos asustan, pero, al mismo tiempo, ruegan. Lo miro. Hago sonar mis dedos. Vuelvo a meterme en el universo paralelo, oprimo la equis en “continuar partido”, y muevo la cabeza, para un lado y para el otro, relajando el cuello.
—Quiero meter un cambio, ¿puedo?
Sonríe. Sabe que va a tener que luchar ahora. Cambio la formación, pongo tres delanteros, Messi, Ronaldinho y Eto´o, saco a Deco que está jugando mal, meto a Xavi, y vuelvo al encuentro. El referí da el pitazo de comienzo del segundo tiempo.
La historia cambia. Como me pidió, estoy jugando bien. Tiro un par de fantasías con Messi, desbordo por la derecha, mando centro y cabecea Eto´o. Es el dos-uno. La hinchada se descontrola detrás de mí. Me abrazan y festejan. De todos, el que está más entusiasmado es Tomás. Aunque él no se da cuenta de que yo me doy cuenta.
Saca y me tira pelotazo tras pelotazo. Me tiene en un arco. En un contrataque, se me escapa ese delantero rapidísimo que tiene (que no me sé el nombre) y tengo que bajarlo en la puerta del área. Creo que me lo va a echar. Pero zafo. Amarilla. El tiro libre lo patea Kaká. Pega en el travesaño y sale. Suspiro y lo observo. Está contento. Sus ojos brillan. Estamos cerca de los ochenta, cuando tengo un corner a favor. Tira el centro Xavi, hay un despelote en el área, la bola queda dividida, la gente empieza a gritar, pateá, pateá, sin saber quién es quién, y finalmente, la pelota entra al arco del Milan, un misil dirigido directo al orgullo de Tomás. Dos-dos. Partidazo.
Igual, quiero que él gane. No encuentro la manera de dejarlo y que no se note. Nunca me perdonaría ganar este partido. Decido no marcar en una jugada. Tomás hace que Gattuso patee desde fuera del área y mi arquero la saca por arriba del travesaño. El único jugador que uno no controla en el juego es el arquero. Ese lo maneja la máquina, Dios, el destino. Lo llame como lo llame, ese que hizo que el arquero se esfuerce, se estire y salve el gol, estuvo en lo correcto. No podía terminar ahí el juego. Tenemos un par de posibilidades más cada uno que no llegan a nada. Después de dos minutos de descuento, que en tiempo real son quince segundos, se termina el combate.
Aparece una pantalla con opciones. Terminar el partido en empate, penales, o tiempo extra. Cuando comienzo a pararme para dejar mi lugar y que otro venga, salta Beto.
—Tienen que terminarlo. Con penales mínimo.
—Penaaaaaales, penaaaaaales, penaaaaaaaales— empiezan a cantar todos a modo de coro.
Tomás se aferra al control y mira directo a la pantalla. Yo me siento con desgano como obedeciendo a la hinchada, y sigo hasta el final. Mete, meto, atajo, meto, mete, ataja, mete, meto, mete. Último penal para mí. Si llego a errar, él gana. Ya está. Son penales. No puede darse cuenta de nada. Aprieto bien fuerte la flecha de la izquierda (como si esto hiciera que la patada fuera más lejos) y toco el cuadrado. Entra en el ángulo de manera espectacular. Su arquero se queda quieto en el medio.
Tomás pausa el juego. Se hace un silencio en el living. Nadie dice nada. Hasta que de pronto Tomás suelta un:
—Empezamos de cero. Apostemos.
—¿Apostar? ¿Tas loco? Dale, sigamos.
—Apostemos.
—No.
—¿Qué te gustaría ganar?
—Nada, Tomás, no jodas dale, jugá.
—Pensá en algo que te gustaría ganar— insiste. Sus ojos tienen como una fiebre. Parece un perro con rabia.
—Oka, dale— acepto para darle el gusto.
—Pensá— la voz retumba en mi cabeza. Viene como envuelta en un eco.
—Listo. Ya está— digo enseguida. Su mirada casi roja me pone muy nervioso.
Tomás cierra los ojos. Se queda callado. Nunca lo había visto así. Y creo que los chicos tampoco por las caras que ponen. Está como en trance.
—Listo. Sigamos.
Me pregunto que aposté. La puta, ¿qué aposté? En algo pensé, estoy seguro. Pero qué mierda fue. ¿Tiempo? ¿Habré apostado tiempo?
Patea y lo mete. Si llego a errar, chau todo. Lo meto. Él, la tira por encima del travesaño. Tengo el futuro en mis manos.
—Tirá, gil, que te la atajo— murmura.
Sus palabras tienen como una especie de odio. Pateo, afuera. Estamos durante más de diez minutos así. Cuando uno acierta el otro también. Cuando uno falla, el otro teniendo la oportunidad de llevarse el premio mayor, se pone nervioso y la desperdicia. Seguimos un rato más. Me duele el dedo gordo de la mano izquierda de tanto tocar las flechas. Vamos cuarenta y cuatro a cuarenta y cuatro. Si hubiese alguien de los Records Guinness, seguro que nos filmaría y tendríamos nuestro espacio en el universo de las cosas raras. Pero no. No hay nadie. O sí. En realidad hay, están todos nuestros amigos y Beto. Pero sólo estamos nosotros en ese mundo. Tomás me mira y abre, tembloroso, la boca para dirigirme la palabra.
—Hagamos así. Si yo meto, gano, y si vos atajas, ganás. ¿Querés?
—Dale, me la banco.
Ahora no quiero perder. No puedo, ni quiero. Miro hacia los costados y veo todo congelado. Como si Dios hubiera apretado pausa. Desde las bocas bien abiertas de los chicos, hasta una gota quieta que hasta recién caía por un vaso de agua. Vuelvo la mirada hacia un espejo que nos encierra a todos y veo pasar un montón de imágenes. Descubro lo que aposté o creo que descubro lo que aposté.
El futuro, el presente, las mañanas de invierno, el sol cayendo, el fernet, los chistes, los capítulos de los Simpsons que no me voy a cansar de ver, aposté los hijos que no tengo, sus risas, sus llantos, jugué mis futuros amores, los que voy a conocer en el bondi, en la cola del súper, los que voy a perder y recuperar cien veces, los ravioles con tuco de mi vieja, las bochadas de la facu, el helado de Tramontana, ir a ver a Ferro, los alfajores Jorgito, pasar de tercera a cuarta, encontrarme monedas en la calle, viajar en avión, mis ideales, las guerras, el universo, eso aposté, mi universo, el mío contra el de Tomás. Mi vida o la suya. Todo o nada.
Dios aprieta Start y el mundo vuelve a moverse.
Pirlo se aproxima a la pelota. Víctor Valdés se prepara. Tomás cierra los ojos. Y yo también.

Publicado en:
 "De Puntín IV. Los mejores narradores de la nueva generación escriben sobre fútbol."

1 comentario:

La Concordia dijo...

ENOOORME, me fascinó!

Aplausos