20 feb. 2010

POR UNA TEORÍA DEL MEDIO TIEMPO

Por: Lear

Haría falta una teoría del medio tiempo, porque durante esos quince minutos pasan demasiadas cosas. Una de las más importantes es la desconexión del pacto entre público y espectáculo. Lo que vive el aficionado y lo que viven los jugadores es completamente distinto. Mientras para los últimos es momento de sosiego y renovación de estrategias, o de regaños e insultos, el aficionado experimenta la sensación nunca agradable de lo que comúnmente se conoce como coitus interrumputus (si hay alguien que no entienda esta expresión, bendito sea, porque de ellos será el reino de los cielos). Para los jugadores el partido continúa; para el público, ajeno a lo que sucede en el vestidor, no.

Algo parecido sucede con los momentos que ahora vivimos antes del Mundial. Alejados de la fiebre de las eliminatorias, y expectantes por lo que pueda pasar, manifestamos el ansia de maneras disparejas y nunca demasiado meditadas. El primer aviso de este síndrome lo pudimos ver hace unos días, cuando algunos diarios, sobre todo El Universal, alertaban sobre la recuperación del delantero americanista

A diferencia de las reacciones que el hecho suscitó en su momento, el culto público se volcó en contra de la “información” a expresar su tedio y molestia sobre tan nula y poco trascendente noticia. Lejos estaban ya aquellos mensajes de solidaridad que unieron a aficionados durante los momentos más frescos del atentado y ahora el común de los comentarios se acompañaban de sospechas, indignación y mala saña.

Si es verdad, como alguna vez escribió el Monsi, que el fútbol es la más importante de las cosas menos importantes, la coyuntura entre las alianzas políticas, Ciudad Juárez, la propuesta de ley para matrimonios entre personas del mismo sexo (súmenle lo que quieran) y las declaraciones de Aguirre pusieron de muy mal humor al respetable. La mecha que hacía falta vino por donde menos la esperábamos, y frases tan triviales -por ciertas- como que la selección se encuentra y se encontrará por un rato entre los lugares 10 y 15 del mundial o que la situación de México está “jodidilla” debido a la inseguridad, aceleraron un encono que necesitaba sólo de un pretexto para explotar.

Chivo expiatorio y villano favorito, Aguirre está cargando una cruz que no es la suya. Los argumentos contra él oscilan entre dos principales polos: su “cobardía” y “egoísmo” por declarar que en cuanto termine el Mundial vuelve a España, y la absurda “traición” que implica, por un lado, haber salido a declararlo con prensa extranjera, y por el otro sus modismos, tonos y acentos españoles.

Sin deberla o tenerla Aguirre atentó contra dos grandes fuerzas. La prensa, en primer lugar, que le ha dado tupido gracias a una evidente envidia por no tener la exclusiva (si no vean cómo titula el universal este artículo y, de paso, los ácidos comentarios de los lectores. Y en segundo, ese ¿valor? y absurdo patriótico, heredado de la misma ideología “revolucionaria” que nos gobernó durante un buen rato del siglo XX y que dicta que la ropa sucia se lava en casa. Sólo así pueden explicarse sandeces parecidas a las peticiones de declarar al técnico traidor a la patria y persona non grata.

Lo de Aguirre no es una discusión deportiva y, si lo fuera, rompería el pacto del fair play. Pues incluso el debate acerca de su amor por nuestro país y el papel “nacionalista” que debe personificar nuestro técnico queda fuera de lugar si recordamos que de, durante la historia de nuestra selección, sobresalen dos técnicos con el mayor número de partidos dirigidos. En primer lugar, Nacho Trelles (106 partidos), un crítico a ultranza de la estructura deportiva en nuestro país (¿y no es tan sólo eso lo que hizo Aguirre?) y Bora Milutinovic (104 partidos), un –cuidado aquí, que viene una frase que les hará sangrar los ojos– extranjero (otro de los temas sobre los que gira el Aguirre´s affair).

Y seguimos viviendo este entre tiempo de maneras extremas. Y seguirán las diatribas contra el técnico, unas menos razonables que otras. Y saldrá José Ramón a decir que Aguirre no tiene “capacidad moral” (una de esas frases que suenan bien acá pero no significan nada) para hablar de su país, que es tan suyo como mío. Y seguiremos esperando a que el partido empiece, porque estos quince minutos, mientras los jugadores se preparan, parecen eternos y nos obligan a vernos a la cara y a enfrentar eso que siempre bloqueamos cuando el árbitro vuelve a silbar.

1 comentario:

FI dijo...

Totalmente de acuerdo, colega.

Creo que la prensa mexicana no tenía de qué comer y agarraron este tema, qué pena.

Saludos y gracias por convocarme jaja.