9 may. 2009

Quizá la culpa sea nuestra

Autor: Ignacio C.

Hoy me gustaría comentar algunos puntos interesantes que han sido tocados recientemente por algunos compañeros del Blog. La increíble inverosimilitud de nuestra liga se hace patente una vez más, cuestión impulsada por el sistema de competencia, auspiciado a su vez por directivos, dueños, televisoras, promotores y demás personajes que intervienen en la trama. Y el aficionado (hoy más que nunca cobra sentido aquella frase de que “no hay víctima totalmente inocente”) hace su parte. Es decir, se toma su papel muy a pecho, y cada vez se muestra más celoso de él.

El drama del descenso tendrá su desenlace en la última jornada, y tanto el partidario de los implicados, Necaxa y Tigres, como el aficionado al futbol en general, se encontrará más pendiente del morbo que despierta este aspecto del torneo que de presenciar quién disputa su pase a la “fiesta grande del futbol mexicano”. ¿Grande? Deben referirse más bien a la Única fiesta, pero en fin. Este platillo del descenso viene aderezado con varios ingredientes que lo convierten en un galimatías difícil de descifrar incluso para la prensa especializada: para saber quién pierde la categoría el reglamento contempla una tabla de cocientes que toma en cuenta los puntos obtenidos por los equipos en los últimos ¡seis torneos! Además, hay un par de equipos en segunda división –llamada pretenciosamente “1ª A”- que aunque salgan campeones en su categoría no pueden ascender al aún más pretenciosamente llamado “máximo circuito”, por ser filiales de equipos de primera división. Para colmo, uno de esos equipos, el Socio Águila, también es hermano del Necaxa. Así que aunque este pierda el último partido contra el primogénito de la familia (América, quien busca una milagrosa calificación), si aquel logra el título en segunda, se haría acreedor a un premio de dos millones de verdes, se va para su casa y el cuadro rojiblanco disputaría una promoción contra… ¿quién creen? Tijuana, el equipo que en los últimos dos torneos cortos consiguió más puntos en el circuito de ascenso. Y ya del aderezo consistente en el arbitraje mejor hablamos otro día, porque el Tigres-Morelia será dirigido por un nazareno oriundo de Aguascalientes, aunque se duda que sea necaxista (esa es una especie al borde de la extinción desde hace varios torneos, incluidos los largos).

Todo esto provoca o justifica la atención de la afición, quien una vez más será cómplice del espectáculo prefabricado a la medida por reglamentos irrisorios. Y lo peor de todo es que se conforma con poco, muy poco. Más allá de las consecuencias que pueda tener para unos y otros perder en la última fecha, pensemos en la clase de espectáculo que pueden ofrecer los dos peores equipos no ya del presente torneo, sino de los últimos seis. No es como para pensar que sus respectivos partidos van a ser muy bien jugados que digamos, sobre todo considerando su angustiosa situación. Pero gracias al rating del que gozarán, el minuto de publicidad a pagarse por los anunciantes andará más o menos al mismo nivel que el que se paga durante la celebración del super bowl o la final de la eurocopa.

Quizá lo más pertinente sea que dejemos de prestarnos a semejante manipulación, y consecuentemente dejemos de prestarle nuestra valiosa atención a semejante farsa, rebautizada últimamente como “la liga de las Américas”. Precisamente de ella deriva la apodada “decepción nacional”, pero es que no habría tal decepción si dicho producto de consumo no fuera nauseabundamente inflado antes, durante y después de cada partido que disputa. Si no existieran tales esperanzas depositadas en la verde (la camiseta nacional, quiero decir) no cabrían la amargura ni la desilusión. Así que desde aquí proponemos tomar a todo ese fenómeno en su conjunto, llamado futbol mexicano, con más o menos la misma seriedad con que tomamos a la lucha libre. Viéndolo bien hay muchas semejanzas entre ambas disciplinas: están llenas de enmascarados, las rudezas y juego sucio son solapados continuamente (en una dentro del ring, en la otra fuera de él), e inclusive hay participantes de perfil técnico. Pero al menos los representantes del Pancracio no perciben los sueldos estratosféricos que los jugadores, ni existe la multipropiedad de equipos, ni se somete a consideración con cierta frecuencia que el arbitraje deba profesionalizarse (¿más?)

Así que ya saben mis queridos panboleros, vámonos a la huelga y no volvamos a ver el fut nacional hasta que… hasta que… ¿qué parámetro fijaremos? Ya sé: hasta que algún futbolero proveniente de otro país sea capaz de entender el sistema de competencia del torneo mexicano con una explicación al respecto de menos de veinte minutos. Porque el futbol no debe parecerse a nuestro sistema político, sino todo lo contrario: debe ser capaz de compensar la credibilidad que se ha perdido respecto a muchas de las cosas que se practican aquí. Quizá la culpa sea nuestra, ¿no?


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